Despedidas en construcción
- 12 oct 2025
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Hay una verdad sobre los cierres de ciclo que rara vez pensamos: no son puntos finales. A pesar del duelo y el intento de dar vuelta a la página, la vida, aunque siga su curso, guarda una complejidad sutil. Y es que existen momentos cotidianos —el simple caminar por una calle, una canción en la radio, el olor de un perfume, esa fragancia particular que aún hoy me detiene en seco— que te abducen inevitablemente, arrastrándote de vuelta a ese instante grabado en la memoria y el corazón con alguien que ya no está. Es como si el tiempo se plegara, y un eco vibrante de sensaciones y sentimientos te envolviera, igual que esa ráfaga de viento cuando el tren pasa por la estación, que te revuelve todo, no solo el cabello sino también el alma.
Con mi memoria, que atesora sensaciones tan vívidas, esto es una constante. He aprendido a convivir con ello, incluso a disfrutarlo y sacarle provecho —mis poemas y textos dramáticos son prueba de ello—. Precisamente este revoltijo de ideas que hoy intento contarte llegó a mí hace apenas unos días.
Era un día cualquiera en la oficina, cuando un numerito apareció en mi WhatsApp. Y no cualquier numerito, sino uno de los temibles archivados. Si eres una "girl dramática" como yo, seguramente tendrás varios chats de chicos archivados, con quienes ya no quieres platicar (o caer en la tentación de hacerlo), pero tampoco quieres borrarlos o bloquearlos por completo. Así que ahí estaba, el número uno, pidiéndome a gritos ser abierto para descubrir quién de los prohibidos estaba haciendo su aparición.
Abrí los archivados y un número sin guardar había enviado un mensaje, pero sin lugar a dudas, era uno que después de muchos años sigo sin poder borrar de mi memoria (lo recuerdo mejor que el número de mi mamá o de mi hermana; si algún día me pierdo sin celular, tendría que marcarle a él porque es el único número que me sé de memoria): era Sebastián (por llamarlo de algún modo), muy quitado de la pena, saludándome y enviando una imagen. Con cierta incredulidad, abrí su chat. Se trataba de un posteo que había hecho una de mis bandas favoritas, anunciando que se retiraba de los escenarios, y un mensaje que decía: "¿Ya viste? ¡Se separan!".
Para ser honesta, no me sorprendía la noticia de la separación del grupo, pero sí que me escribiera para eso. "Es lo que veo", le contesté. "¿Se veía venir, no? El vocalista es medio autoritario por lo que he escuchado". Y continuamos con una plática superligera que murió rápidamente. Pero el tema pudo morir en su chat, más no en mi cabeza. Y fue ahí donde me sucedió este tipo de abducción de la que te platicaba más arriba; de alguna manera, el tiempo me regresó al 2011.
Yo estaba en la universidad y ese día en particular había tenido un problema con el cargador de mi computadora, así que estaba en el café internet frente a la facultad (donde rentabas computadoras por hora o fracción para usar el internet o terminar la tarea que había que entregar ese mismo día), buscando lugares donde ir a repararlo o comprar uno nuevo. Fue entonces que vi que este grupo del que te hablo había sacado una fecha para tocar en CDMX, en la presentación de su nuevo disco. A este grupo no lo conocía tanto, solo sabía que a mi novio (el susodicho Sebastián) le gustaba. Como se aproximaba su cumpleaños, aproveché el pretexto y compré un par de boletos.
Como asistente profesional a conciertos que soy, me preparé escuchando toda la discografía, estudié todas las canciones y, cuando llegó el día, estaba más que lista para cantar cada una de las canciones esa noche. Para ser exactos (y según Google), fue el 3 de noviembre del 2011 en El Plaza Condesa (foro que, por cierto, ya no existe). Y ese día, queridos lectores, fue el momento exacto donde me enamoré de la banda. Las canciones sonaban de una manera que no me lo esperaba; la voz del vocalista era aún mejor que en los discos, llenando cada rincón de El Plaza Condesa con una vibración que sentía en el pecho, y los sentimientos que me generaba cada canción en vivo fueron un torbellino emocional que me dejaba sin aliento. Desde ese día no falté a ninguno de sus conciertos. Cada que anunciaban fechas en CDMX yo era la primera en comprar entradas y a todas fui con Sebastián; ya era una especie de tradición entre nosotros.
Nos adelantaremos varios años en el tiempo. Después de una larga relación y de cuatro años viviendo juntos, Sebastián y yo nos separamos en 2020. Tuve que rehacer mi vida desde cero, abrirme a nuevas experiencias, y entre ellas estuvo la de ir sola a conciertos. En 2022, el grupo del que te he estado hablando anunció su primer concierto de regreso a los escenarios presenciales tras la pandemia de COVID-19.
Con la emoción que eso representaba, no perdí el tiempo y con mucha alegría compré mi boleto para el concierto. A estas alturas de la historia, ya estaba acostumbrada a hacer muchas cosas sola; llevábamos varios meses fuera del aislamiento y la vida empezaba a sentirse normal nuevamente. Con eso, las salidas a restaurantes, al cine o a otros conciertos ya eran habituales hacerlas sola. Había podido cerrar el ciclo de estar sin Sebastián para la vida en general, y es que no es sencillo rehacer tu vida después de una relación tan, pero tan, larga como la que tuve con él.
No puedo negar que cuando compré mi boleto, una pequeña brisa helada con el recuerdo de Sebastián me erizó la piel. El sutil, inconfundible rastro de su perfume, el mismo que sentía cuando me abrazaba por detrás en el último concierto al que fuimos, invadió mi espacio por un instante, tan real que casi pude sentir su aliento en mi nuca. Pero fue algo muy fugaz; mi vida siguió como si nada.
Llegó la fecha del concierto, 9 de septiembre del 2022. Con mucha emoción, entré al Teatro Metropolitan, compré una cerveza en el bar y busqué mi asiento; estaba como a cinco filas del escenario. Siempre que puedo, elijo el asiento más cercano para vivir la experiencia al mil; me instalé cómodamente a esperar que el show empezara.
Al poco rato las luces se apagaron, todos nos levantamos de nuestros asientos y los gritos no se hicieron esperar. Los integrantes del grupo comenzaron a salir de a uno, animados con el furor del público. Me encanta ese éxtasis que provoca ver a tu banda favorita después de tanto tiempo de no verlos. El primer acorde de la guitarra retumbó en mi ser como si volviera a tener 20 años y, con ello, una oleada de recuerdos tan vívida que me cortó la respiración.
Sin poder evitarlo, el recuerdo de Sebastián me golpeó en el pecho con una fuerza brutal, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Fue tan abrupto como el frío que te golpea en la cara al salir de casa en invierno, tan desestabilizador como el hueco en el estómago cuando buscas tu celular y ya no está, tan hiriente como el eco de aquel corazón roto que me destrozó la última vez.
Y fue en ese momento cuando mis ojos y mi corazón, traicionando mis años de terapia y la historia que por fin había dejado atrás, empezaron a buscar instintivamente a Sebastián entre el público. Una punzada fría y una pequeña ola de tensión en mi cuerpo me hacían sentir que él estaba ahí, muy cerca. No puedo explicar la certeza abrumadora con la que sentía su presencia tan cerca, pero lo sentía.
Mi yo racional solo quería seguir disfrutando del concierto, pero mi corazón persistía en buscarlo entre la multitud, y en un instante, mi cabeza, con la fuerza de una cachetada, me gritó que reaccionara: si lo encontraba, sin lugar a dudas estaría acompañado de su novia. (Y no me malinterpretes, yo había superado a Sebastián tiempo atrás; le deseaba lo mejor del mundo en su nueva relación, la cual él mismo se encargó de hacerme saber que tenía, tres meses después de que dejamos de vivir juntos... Ok, tal vez no le deseaba lo mejor, pero tampoco le deseaba el mal).
Regresando a la anécdota, la simple idea de ver a Sebastián disfrutando del concierto acompañado de su novia, mientras yo estaba ahí sola, con media chela en la mano, que de pronto se sintió pesada y tibia. Una punzada de arrepentimiento me atravesó el pecho por primera vez en mucho tiempo, me hizo sentir verdaderamente miserable y vulnerable. Yo no tenía una relación nueva; de hecho, después de la ruptura con él, no volví a tener ninguna relación formal, y por primera vez en muchísimo tiempo estaba arrepentida de eso.
Arrepentida de estar en un concierto sola y de no poder restregarle a Sebastián que yo también estaba en pareja, disfrutando de algo que antes había sido solo nuestro. Pero una cachetada de regreso y la voz de mi terapeuta en la cabeza me hizo recapacitar. Yo estaba plenamente feliz en ese lugar, en ese momento y en esa situación; feliz de estar en ese concierto, feliz de estar ahí, sola. Estaba disfrutando la música, la euforia que hacía vibrar mi cuerpo al gritar y cantar, la chela fría y una libertad que me hacía sentir ligera y libre, libre de hacer cosas yo sola.
Así que con esa claridad casi palpable en la cabeza regresé toda mi atención al concierto y a disfrutar, pero con la imagen constante de que tal vez Sebastián me pudiera estar viendo a lo lejos, porque claro, en mi imaginario él no había comprado boletos tan adelante como yo, jajajaja. El concierto transcurrió. Canté hasta que la garganta me dolió, grité con una euforia liberadora y lloré lágrimas que se sentían distintas, como siempre lo había hecho en conciertos de esa banda —mi banda favorita—, una banda que hasta el momento aún sentía compartir con Sebastián.
De un momento a otro, el vocalista descendió del escenario y comenzó a caminar por el pasillo de mi sección. La euforia del público se palpaba en la piel, crepitaba en el aire, y todos comenzamos a gritar y cantar a coro la canción. Mientras él avanzaba, la multitud entera giraba para seguir su recorrido. Al quedar yo completamente de espaldas al escenario, el tiempo se paralizó. Todo a mi alrededor se detuvo, un silencio abrumador me estremeció hasta las entrañas, mi corazón dio un vuelco violento, y mi respiración se quedó pasmada en mis pulmones. Ahí estaba. Justo ahí. Sebastián.
Mirando de frente al escenario y girando lentamente hacia su lado derecho. La luz lo alumbraba directamente a él, como si fuera el propio vocalista y toda la sala se estremeciera ante su presencia. Pero no, lo único que se sacudió con fuerza fue mi corazón. Lo que se sintió como una eternidad fueron apenas unos pocos segundos. No quería que me viera, no quería que nuestras miradas se cruzaran, no quería confirmar si estaba solo o si iba acompañado. Simplemente, no quería. Me giré de inmediato. El sonido regresó de golpe, los gritos de la gente volvieron a invadirme de un nuevo entusiasmo, recuperé el aliento y sentí el firme suelo bajo mis pies de nuevo. El vocalista volvió al escenario, y el concierto siguió. Mi ser, por fin, soltó la tensión, dejó de buscar y pude seguir cantando a todo pulmón las canciones del resto del concierto.
Aquel escenario latente que había estado planteando en mi cabeza durante toda la noche se desplegó y se resolvió tan rápido que ninguno de los mil futuros con los que había fantaseado se hizo realidad. Y, de repente, pude seguir disfrutando sin los pesados grilletes de lo que "pudo haber sido", liberada por fin de esa carga invisible, lejos de los posibles.
Esa noche, al finalizar el concierto, sentí una urgencia incontrolable de abandonar el lugar. Algo de la misma sensación de pánico que me invadió al principio del concierto regresó, helándome por dentro. Me negaba a encontrarme con Sebastián de frente, a confirmar que iba con su novia, a sentirme miserable por ir sola al concierto. Así que, como Cenicienta a la medianoche, salí huyendo del lugar. Pero, a diferencia de ella, ningún príncipe iba corriendo detrás de mí. Solo la sombra persistente del recuerdo y la amarga necesidad de postergar una realidad que aún me dolía.
Y la verdad es que esa "resistencia" se mantuvo por un tiempo. Hace apenas unos meses, la banda anunció otra fecha en la ciudad. La noticia me llegó con una punzada familiar, una mezcla de emoción y esa vieja ansiedad. Por un instante, la idea de volver a ese ambiente, de revivir la posibilidad de un encuentro, me paralizó. Me vi a mí misma, de nuevo, buscando entre la multitud, sintiendo esa tensión incómoda en el pecho. Esta vez, sin embargo, la decisión fue distinta: opté por no ir. No era por falta de ganas de ver a mi banda favorita, sino por una necesidad profunda de protegerme, de no exponerme a la posibilidad de verlos juntos, de no revivir esa punzada de vulnerabilidad que ya conocía. Preferí el silencio de mi casa a la incertidumbre de ese reencuentro. Fue una elección consciente, un paso más en ese intrincado baile con el pasado.
Hoy, mientras mis dedos teclean estas líneas y mis pensamientos regresan a esa noche de 2022, entiendo que el verdadero cierre de ciclo no es un punto final, sino un camino largo que se va recorriendo a través del tiempo.
Recapitulando en el presente de este relato: Sebastián me había escrito hace apenas unos días para compartirme que nuestra banda favorita se separaba. El día que recibí su mensaje no había surgido ningún sentimiento en mí y mi día siguió como si nada. Pero al llegar la noche y estando yo tranquilamente en pijama y lista para scrollear en TikTok hasta que me diera sueño, algo dentro de mí se hundió en la nostalgia una vez más.
Tal vez se aproximaba oficialmente un cierre rotundo: ya no iba a haber otro concierto de esa banda que tanto me hace recordar a Sebastián. Los recuerdos solo los podría vivir a través de las canciones en streaming, pero nunca más en conciertos, nunca más en vivo. (Bueno, existe la posibilidad de que en varios años más, cuando decidan hacer una gira de reencuentro, pueda verlos de nuevo, pero para efectos del dramatismo de mis pensamientos y de este relato, NUNCA, NUNCA JAMÁS volvería a verlos en concierto).
Y una idea clara apareció en mi cabeza… debía ir al concierto con Sebastián, como un cierre, una última vez de disfrutar algo juntos, de sumergirnos en la nostalgia de una vida pasada que compartimos y que no volverá, de un momento significativo que no se podrá repetir, de revivir ese concierto que compartimos hace 14 años, donde el amor se sentía como algo vibrante y nuestros mundos se entremezclaban en la posibilidad de un futuro maravilloso. Pero también, en una jugada estratégica que susurraba "si no puedes con el enemigo, únete a él", lo hice, abrí los chats archivados, presioné en el número sin registrar y escribí:
¿Te gustaría ir conmigo esta última vez al concierto?




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